16.10.07

La felicidad de cada día

Agusto del León se levanto de un salto. Como todos los días. Agusto del León siempre se levantaba de un salto. Era su forma de recibir el día con ímpetu, decirle de alguna manera que era todo suyo. Abrió de par en par la ventana de su habitación y dejó que el calor tibio del sol del amanecer le calentase sus ojos legañosos. Su esposa, gruñía quedamente, como todos los días, en la cama, farfullando algo sobre cinco minutos más y sobre que era demasiado temprano para que hubiesen puesto el sol.

Iba a ser un día estupendo. Todos los días eran geniales a fin de cuentas. De un par de alegres zancadas entró en el cuarto de baño. El primero en entrar, como a él le gustaba, y sin pensarlo se metió en la ducha. Pulsó el control decorado con oro y cromo y el agua cayó sobre él. Primero helada, como de auténtica montaña, vivificante y sobrecogedor, y poco a poco más caliente. El ronroneo del calentador le hizo saber que éste también se iba despertando, y que le saludaba, primero con tibiedad y luego con humeante calidez. A fin de cuentas se trataba él, ni más ni menos, Agusto del León y el día era suyo con todo lo que contenía una mañana más.

Se secó deprisa -no le gustaba estropear el día con un enfado de su esposa, y ella se enfadaba si tardaba demasiado- y se encaminó a la cocina. Su cocina. Era estupenda, luminosa incluso en aquellas tempranas horas de la mañana, con la vitrocerámica abrillantada hasta resultar deslumbrante, los tarros de cristal transparentes llenos de judías, lentejas, azucar, sal, pimienta... ; la tostadora en blanco y plata, siempre dispuesta, siempre esperándole a él, ¿a quién si no?

Sacó un par de rebanadas del frigorífico y la mantequilla que a su esposa le gustaba, de pura alga con sabor a mantequilla de leche de vaca. Y pidió a la cafetera que preparase los cafés que más les gustaban a ambos: un turco cargado para él y un capuchino con mucha nata para ella. La cafetera era completamente automática, pero a él le gustaba seguir moliendo los granos, manualmente, con una antigualla de cobre que había comprado en su viaje de novios. Le gustaba escuchar el crujir de los granos al partirse y oler el aroma a café puro, casi se diría que recién tostado.

Su esposa entró en la habitación cuando él estaba colocando los huevos pasados por agua en las hueveras. Era preciosa, la mejor mujer de todo el centro galáctico. No podía creer que hubiese tenido tanta suerte. La besó en la mejilla y le miró a los ojos. Esos preciosos ojos verdes que él tanto amaba, con ellas rayitas amarillas y... ¿esos puntos rojos y violetas? Algo estaba mal. De pronto se sintió un poco mareado. El rostro de su mujer se estaba desfigurando y todo su cuerpo parecía asaltado por deformaciones que aumentaban y aumentaban sin parar. Dioses, ¿qué es lo que estaba pasando?. Todo parecía sucio, lleno de rayos eléctricos, y el estruendo... ese pítido espantoso en sus oídos...

....el bolillero Carlos Headcrushed Ramírez, se arrancó violentamente el conector del simulador de la nuca. Sacó la unidad de almacenamiento del reproductor y la lanzó contra la pared. No debía haberla puesto de nuevo.

Miró a su destartalado casa-taller. Docenas de cajas de aspecto descuidado se aglomeraban a su alrededor. Una holo-bailarina se contoneaba un tanto inclinada sobre la máquina de hacer bocatas, haciendo movimientos que habían sido sugerentes cuando la compró, mientras atronaban los 'Chungos de Veras'.

Aquella vieja cinta. De alguna manera era la más querida de sus posesiones. Un fragmento de vida normal, un trozo pequeño de la vida de algún alto ejecutivo imperial de antes de la guerra con los xeno-formos, un pedazo de felicidad que él nunca había tenido. Un pequeño fragmento de la vida de otro que ni siquiera le pertenecía en realidad, si uno se atenía a las condiciones de su contrato de demoledor de ruinas y recolector de desechos.

Si al menos pudiese repararla para que no concluyese así, en ruptura de realidad, en ruido, en caos... si al menos pudiese vivir para siempre en aquel desayuno.

Recogió la cinta con cuidado. Era tarde, pero sólo iba a verla una vez más y, a fin de cuentas Layna le iba a gritar de todas formas, por alguna otra estúpida razón. Se volvió a conectar. Sufrió el pequeño vértigo inicial que provocaban siempre aquellos reproductores arcaicos de antes de la guerra y....

...Agusto del León se levanto de un salto. Como todos los días. Agusto del León siempre se levantaba de un salto. Era su forma de recibir el día con ímpetu, decirle de alguna manera que era todo suyo. Abrió de par en par la ventana de su habitación y dejó que el calor tibio del sol del amanecer le calentase sus ojos legañosos...

1 comentario:

aiRin dijo...

Me gusta Johan. Es progresiva su lectura. Me ha enganchado desde el principio. ^^