2.11.07

Layna Speedy y el último árbol del planeta

Aquel día sus engranajes funcionaban especialmente mal. La jodida rodilla chirriaba en cuanto cargaba con un par de quintales de peso. Y los hombros de titanio no paraban de mandar aviso de urgente reparación, en forma de ese molesto cosquilleo incesante en la base de la nuca. Se tomó un descanso. En cualquier caso la cuadrilla funcionaba bastante bien aquella mañana.

Robbie Longfeet estaba desmontando toda la instalación eléctrica a tal velocidad que tan sólo unos ojos avanzados de altas prestaciones como los que acababa de incorporar a su carcasa craneal podían percibir algún movimiento. El patoso bolillero, Carlos Headcrushed Ramirez, estaba reduciendo a escombros todas las paredes de la parte norte a una aceptable velocidad y, de momento, no se le había caído ninguna viga encima. Sheila Snailfinger, estaba descargando todos los datos de la casa dejando la zona por completo libre de contaminación digital. Y el siempre atento RZ-ST-76, al que ya llamaba cariñosamente Errezeta, estaba recargando, con el cuidado del que sólo es capaz un robot, los generadores de los desintegradores de punta gorda.

Todo marchaba sobre cinta transportadora, pero ella no se sentía bien. Había pasado la revisión de los 6 meses con excelentes cualificaciones por parte del cybermecánico, e incluso se había podido permitir un nuevo implante de placer táctil en su otro cuerpo (la mejor elección en complementos sexuales como anunciaban en la holo, y desde luego que era bueno, al menos cuando dejaba a Errezeta al mando) y los nuevos ojos de altas prestaciones. Pero algo no iba bien, se sentía como cuando se le explotaron todos los servos hidráulicos bajo el peso de cinco pisos mal derribados.

Últimamente le había dado por recordar tiempos pasados, cuando aún era joven y orgánica, cuando corría a sus 16 años en los circuitos prohibidos de los más antiguos subterráneos de Planeta Capital, a 235 niveles del exterior del planeta. Cuando pasó de ser Layna Álvarez a Layna Speedy, un nombre mucho más adecuado que ahora ya era su nombre real. Pero no eran aquellos tiempos de diversión y motor gravíticas lo que echaba en falta, no, podía duplicarlos en su holo-cortex de última generación de casa y hacer carreras con los mejores holo-drivers de toda la Galaxia. No, había otra cosa.

- ¡Ey! ¡Tostadora! -le gritó el incordiante bolillero Ramirez- ¡Vente a ver esto!


El jodido bolillero siempre la llamaba tostadora a pesar de que ya no usaba aquel viejo cuerpo cuadrado y chirriante que le pusieron cuando casi murió en el accidente de moto. Lo que usaba ahora casi parecía una mujer.

- ¡Destripante, tostadora! ¡Fijate lo que tenía el jodío viejo topo en la gruta!

Estaban desmontando la vieja mansión de un topero, un activista que se había negado a abandonar los niveles inferiores al 67 a pesar de la infección de humanoides xenoformos de los subterráneos. Layna se asomó por el enorme agujero que había hecho en una pared el bolillero y entonces sintió como si cada una de las junturas se le hubiese salido de sus soportes.

En el centro de la habitación una enorme planta vertical de más de treinta metros de alto y no menos de 10 metros de radio se elevaba imponente. Tenía un cuerpo marrón y cilíndrico abajo, y una inmensa estructura de pequeñas hojas verdes en lo alto. 'Copa', recordó, 'se llamaba copa. Es un árbol', se dijo a sí mísma, 'un árbol'.

No había visto un sólo árbol desde los 6 años cuando sus padres, los Álvarez fueron trasladados forzosamente desde Nueva Bolivia hasta Planeta Capital por la invasión de los humanoides xenoformos. Nueva Bolivia, un lugar repleto de árboles, ríos, lagos, animales y con un extraño cielo de color azul.

Eso era lo que echaba de menos. Su casa. Su viejo cuerpo, lento y frágil. Un orgasmo auténtico. La humanidad. Un árbol donde colgar un columpio de cuerda.

Tocó el árbol con su tecno-brazo y no sintió nada, su brazo de trabajo no disponía de suficiente sensibilidad táctil.

- ¡Qué jodida cosa es esa? ¡Ey, tostadora? ¡Qué jodida cosa? -le gritó el bolillero.

- Nada -le contestó mientras disparaba el desintegrador de punta gorda contra el último árbol de Planeta Capital- sólo mierda de topero.

1 comentario:

Anónimo dijo...

¡Muy bien!

Lo curioso es que lo he leído todo al revés (es decir, primero he jugado la avntura Hierba tras el cristal y luego he leído os tres capítulos pero empezándo por el último publicado y acabando por este), y me ha resultado enormemente grato. Ánimo con el personaje, esta superchulo, me encanta!

No sé si conoces una novela titulada "Waslala", de una escritora nica. La puedes encontrar en librostauro si quieres echarle un vistazo. Es una novela medio ci-fi medio distopía política muy interesante, porque está escrita desde el punto de vista del tercer mundo. A ver si tengo tiempo y la comento en mi blog. Creo que te interesará pues tiene puntos de contacto con lo que estás escribiendo