6.4.08

Muero por tí...

Es sorprendente que uno puede estar muerto y seguir andando. Claro que uno puede morirse de tantas maneras...

La primera vez fue la menos dolorosa porque simplemente ocurrió. Ya ven. No me lo esperaba. Uno no se espera morir teniendo cinco años. Uno es simplemente un niño, un niño jodidamente pobre, de esos que se ven todos los días jugando en las zonas abrasadas por los combates con los xenoformos, jugando con cosas que no deberían tocar. Uno de esos era yo. Uno no puede esperar siendo un niño de cinco años que una esfera con luces luminosas en en realidad una potente granada de mano. Monté mucho ruido en aquella ocasión. Desde luego que monté ruido. Supongo que he de agradecer haber muerto cerca de aquella unidad de holoreporteros, mi muerte se vió en todos los canales, desde las estaciones piratas de los sótanos más profundos hasta las exuberantes azoteas de los líderes de la superficie. Oh, y desde luego aquella muerte de un pobre niño inocente provocó un ruido más ensordecedor que la misma explosión de la granada. Hasta el gobierno militar se tambaleó.

Muchos años después todo aquello se transformó en una manera muy efectiva de acercarse a las mujeres en antros apestosos, la fama todo lo puede, pero en realidad lo que importa es que morí entonces la primera vez.

Me reconstruyeron. Claro, qué si no iban a hacer. El mismo Presidente de Beligerancia Humana asistió a mi renacimiento. Me dieron un cuerpo nuevo, probablemente el mejor que he tenido nunca.

Era un niño robótico adorable. Llevaron a mi familia hasta una de aquellas plataformas volantes sobre la ciudad. Un jardín para nosotros solos, la luz que quisiéramos y por supuesto una renta vitalicia no sólo para mi mantenimiento, sino también para las necesidades de toda mi familia, que de repente se hizo muy extensa. Recuerdo en los siguientes años muchos reportajes, recuerdo tener que sonreir muchas veces aun cuando muchos de mis primos y nuevos primos surgidos de no se sabe donde me odiaban por lo que era: el niño mimado, el centro de todo. Un día, me subí a la barandilla de nuestra azotea y miré el planeta-capital que pasaba bajo nosotros. Tan lejos. Supongo que me dije, que más da, si ya estás muerto. O tal vez no me dije nada, lo cierto es que entonces morí por segunda vez.

Aquella fue una muerte muy diferente de la primera. Fue una muerte silenciosa. Oh, sí que lo fue. Primero caí tan largo rato. Rodeado de un silencio que daba más miedo que el inminente final. Pero sobre todo fue un silencio público. El niño robótico restablecido no podía ser infeliz. No podía saltar. No podía desear estar muerto. Durante varios años tuvieron allí arriba a un doble, con mi familia, un adorable cuerpo idéntico al que me habían dado, mientras que los doctores intentaban recomponer no ya mi cuerpo sino mi mente.

No les sirvió de mucho.

Me maté un par de veces más durante mi adolescencia. A veces he pensado que porqué diablos tendría que tener adolescencia, si desde mi primera muerte mi cuerpo podría haber evitado toda esa clase de tortura hormonal, pero la tuve. Una dolorosa y atormentada adolescencia. Al final se cansaron de cubrirme y no me dejaron muchas opciones. Me alisté en el ejército de asalto. Me dijeron algo así que si tantas ganas tenía de morirme que al menos lo hiciese con las tropas de choque de Beligerancia Humana.

Tenían razón. Yo era un buen soldado. Era práctico que no quedase mucho de humano en mí. Era fácil de reconstruir cada vez que me mataban, y me mataron muchas veces, oh sí, tantas que perdí la cuenta. Pero no solo era un buen soldado por eso, era rápido, adaptable y más pronto que tarde fuí un excelente técnico. Empecé a usar los cuerpos de la clase canguro, velocidad, estabilidad, aquello era lo mío. Y pronto me gané mi sobre nombre de 'Longfeet'. No quedaba mal, hacía mucho que me hacía llamar 'Robbie', porque de todas las posibles forma de deformar Robert aquella era la que más se parecía a robot. Robot. Eso era lo que yo sentía que era, un robot que usurpaba la memoria de un niño de cinco años muerto hace demasiado tiempo por una de esas granadas comunes que yo usaba a diario. Robbie 'Longfeet'. Robbie 'Longfeet', ese era yo. Soldado adaptable, siempre dispuesto a ser destruido de nuevo.

Finalmente se cansaron de mí y me mandaron de vuelta a la vida civil. Tal vez me moría demasiado y estropeaba sus jodidas estadísticas.

Pensé en matarme una vez más. Ahora sabía muy bien lo que me hacía y si quería ahora ya no habría más reconstrucciones. Ninguna reconstrucción, sí. Era como el renacer de la esperanza. Pero un viejo amigo de las fuerzas de choque me puso en contacto con ella.

Layna. Oh sí, Layna.

En realidad ella es mucho más joven que yo. Pero, ¿qué más da? Ambos somos cuerpos remendados con una mente incrustada en su interior que ni si quiera estamos demasiado seguros que sea nuestra. Creo que empecé a amarla desde que me gritó la primera vez. Donde yo era un montón de chatarra aterrada de sí misma, ella era un fundido montón de chatarra tan segura de sí misma que si se hubiese alzado su cabeza sería más alta que la terraza volante del mismo jodido Presidente. Donde yo contaba todas mis muertes, ella contaba todas las veces que se había salvado por los pelos.

Oh, Layna.

Tuvimos un breve romance. Y no me importó que me fuera infiel muchas veces. No eso no me importó. Pero ahora... yo... ya no estoy allí para ella, ahora solo está ese jodido robot de especial formación. Maldito sea.

Y así es como me ha llegado mi última muerte. Por sorpresa, un poco como todas, pero esta vez es la más indeseada, y la más dolorosa. Y tan lenta... tan lenta que aún caminaré muchos años antes de sucumbir.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

No lo había visto hasta ahora. Muy bien.

Anónimo dijo...

Por cierto: ¿seré yo el único que lee estos relatos, o el único que no se sabe estar callado? :P

Jok Montoya dijo...

Muy bueno Johan.

Somos más lo que lo leemos planseldon, pero somos muy calladitos, demasiado. ;-)