23.9.08

Velocidad

Si ves bien, malo. Algo está echando chispas. Si sientes, malo. Probablemente es un tirón, algo se ha quedado detrás, y la próxima vez puedes ser tú. Si hueles, malo. El motor se está quemando.

Así son las carreras en los túneles profundos. Sumidas en la penumbra. Rápidas y mortales. Corres a ciegas guiada exclusivamente por el sonido incesante del detector de obstáculos a penas perceptible por encima del atronador ruido del motor de impulsión, y el ronroneo del anulador de gravedad. Un asunto de topos suicidas, de murciélagos locos a ras de suelo. Somos un buen montón de ciegos montados sobre un cohete infernal corriendo por una tubería muy estrecha.

Eso es lo que son las carreas. Eso son. Sí. Tu pasión.

Hoy no hueles nada, no sientes nada, no ves casi nada. Bien. Y vas en cabeza. Mejor. Por algo eres Layna Speedy, la Reina de la Velocidad, la líder de entre los topos más suicidas. Hoy la interminable curva del Túnel Colector 14 es toda tu existencia. Una curva repleta de tubos rotos, columnas de vapor humeante y chisporroteos de cables abandonados hace mucho. Tu mundo. Y hoy es perfecto.

James J. Cupper, es decir Cabronazo Motorizado, no te anda besando el culo como siempre, se quedó muy atrás entre luces, olores y sonidos de todas clases. Probablemente tarde mucho en volver a correr, si puede volver. El sonido espasmódico del impulsor de Susan 'Freehands' Martines, anda por ahí detrás, pero jamás te atrapará, su deslizador ya era una bazofia cuando lo montaron la primera vez, y de eso hace ya mucho. Los demás andan desaparecidos. No, desaparecidos no, engullidos por su mediocridad.

Aceleras.

El túnel parece hacerse más estrecho. A esta velocidad no solo deja de haber luz u olores, a esta velocidad el sonido del túnel, de los motores, se desvanece ante el siguiente bip que estás esperando con ansiedad. Corto, largo. Derecha, izquierda. Largo, corto. Subir, bajar. Una tubería que pasa rozando el casco. Un chisporroteo en la pared es tan sólo una fugaz línea de luz que dura un parpadeo. Tu mundo se reduce a un círculo informe delante, y el sonido del detector de obstáculos. No hay nada más, ni siquiera pensamiento. Nada más, excepto tu libertad.

¡Qué fundida mierda?

Pegas los controles a tus pechos hasta que te parece que te los vas a reventar, y logras que el deslizador pase a lo justo sobre el obstáculo en el centro del túnel. Tal vez te has desgarrado el traje por el codo derecho, no estás segura. Ha habido un ruido. Ahora recuerdas haberlo escuchado al pasar sobre el obstáculo.

¡Qué fundida mierda?

Lo que sea se ha agarrado al deslizador. No puedes verlo bien, excepto una especie de zarpa que se aferra desesperadamente a unos de los tubos alimentadores. ¿Un animal aquí? ¿Un droide loco? No tienes tiempo para pensar. Le golpeas con todas tus fuerzas con una de las piernas. Pero todo lo que logras es que otra zarpa, o tal vez la misma, desgarre el traje por la pantorrilla y se clave profundamente en tu carne.

¡Qué fundida mierda?

Pierdes el control. La nave avanza y gira. No. Gira sin control. Vas a estrellarte y a esta velocidad morirás. Morirás seguro. Y lo peor es que no será cosa tuya, que será alguna mierda de droide loco el que te haya reventado la posibilidad de ser la más famosa reina de los topos ultrasónicos, la corredora más joven y más audaz de toda la historia. La rabia te da fuerza y golpeas con tanta ferocidad que todo el cobertor inferior se desprende del deslizador. No suena metálico, lo que sea que estuviese debajo no era un fundido droide. Tiras de los controles mientras la nave humea y va iluminando todo el maldito túnel con los pedazos que estás dejando por las paredes. Todos los músculos te duelen por el esfuerzo hasta hacerte olvidar el dolor de la pierna.

Pero lo logras. La nave se endereza y sigue en carrera. Dudas por un momento ante la posibilidad de retroceder y ver lo que te agarró; pero Susan llegará en cualquier momento y la meta está ahí mismo.

Aceleras y sientes aproximarse el éxito, y esta vez te hace sentir viva, pletórica.

Se vislumbran allí delante las luces de la meta. Aguzas la vista para intentar ver quién espera tu llegada y...

...todas las paredes se desvenecen. Tan sólo queda la negrura absoluta... y una voz.

"Señorita Layna, le he dicho mil veces que esta simulación no es buena para su salud mental. No debe recrearse en su accidente una y otra vez. Le voy a cargar la simulación de su nuevo cuerpo cibernético, no es completamente humano, ni estará ajustado adecuadamente, me temo, pequeña, porque no podéis pagar todo eso, así que debe aprender a usarlo correctamente".

Es la voz de la enfermera.

"Está bien", le digo, pero en realidad la odio, y a penas puedo contener el llanto en unos ojos que no existen, o el temblor y el escalofrío de mis miembros fantasmas.

La odio porque esta vez estuve a punto de llegar a la meta de una sola pieza.

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